where the writers are
Cafe de Avion

Diciembre 24, 2007. Te escribo por pura casualidad. En el avión, mi mamá me llenaba la declaración de la DIAN.  Creo que disfruta haciendo cosas por mí. Pero por un segundo decidí hacerme la responsable para terminar de llenarla, y así quedarme con el esfero más delicioso que conozco. Aunque llevo tanto tiempo sin escribir que ya no doy la talla.

Pero sentí que tenía la oportunidad otra vez, de reencontrarme con un viejo amigo, desatrasarnos del tiempo perdido, y así, con mi mesita retráctil y mi cobijita robable, mi buen amigo y yo te escribimos.
                Aunque no suena a coincidencia. Ahora que lo pienso, jamás se escribe por casualidad.

(Mi amorcito, tengo ganas de verte ya. Este simulacro de China no me agrada para nada.)

Tomo fotos y tomo café para no aburrirme. En el avión, escribo y pienso en ti para no deshacerme, para confirmar y no olvidar. Querer es escribir. Así, aquí, te quiero un poco.

Ahora, tomo café para no dormirme, me gusta estar despierta. Tomo café para escribirte. Tomo café para quererte un poco.

                                                                                                                        *    *    *

Prenden y apagan la luz. No se deciden. Y la apagan, otra vez. Ahora solo quedan dos hileras de pequeñas bandas de luz blanca que tratan de converger a su punto de fuga, la cabina del piloto. Se extienden bajo letreritos de “no fumar” que a la distancia parecen lucecitas de navidad muy ordenadas. Es lo más perfecto que tiene este avión, su luz. Cambiante en cada espacio, creando ambientes diferentes incluso dentro de mí, estados de ánimo tan reales y volubles como la turbulencia que me obliga a dejar de escribirte ahora. Te quiero mi amor, te quiero.

Te escribo y tomo café para no aburrirme. Aburrirse es dejar de vivir un poco. No es morirse, porque todo el tiempo vivimos pequeñas muertes necesarias: al escribir porque, según Barthes en una de mis frases favoritas, la vida del lector se paga con la del autor; al amar, en la "pequeña muerte" de los franceses, en el placer de un gemido oscuro oscuro pero nunca ciego – en conclusión, es bueno morir, vivamos muriéndonos juntos, porque escribir es hacer el amor: y así, te escribo para no deshacerme, para fundirme y confirmar, morir un poco y no olvidar.

     Sígueme aquí amor, vamos en lo de que la vida del lector debe ser a costa de la muerte del autor. Sabemos que todo lo leído ha sido escrito, pero no todo lo escrito será leído. Entonces ¡qué desbalance tan hijueputa! Suena injusto con el que escribe… morirse porque sí, a cada rato y sin avisar, mientras los otros viven suave e ininterrumpidamente. Bah, pero qué importa, otro de mis miedos ridiculos, porque si el que escribe muere y el que lee vive, en realidad sería solo justo: al final el balance es solo positivo y siempre habrá más vida que muerte. Eso me tranquiliza; reanuda tu lectura, dame vida, que ya puedo seguir escribiendo. Pero ahora aquí es donde se putea el orden y todo se pone mejor: es lógico que hay que vivir para morir, pero es igual de necesario morir un poco constantemente para vivir realmente.

 Propiedad absoluta sobre pequeños espacios. Este avión, su luz, me pertenece. Aquí los hago míos, hago lo que yo quiera. Aquí, si quiero, te quiero un poco; si quiero, te quiero mucho, como nunca te he querido, te quiero con un amor nuevo y decidido, también te hago mío.

Como te digo, amar es escribir y cuando se escribe se ama un poco.

                                                                                           *    *    *   

Confieso que anoche tuve un poco de miedo. Tal vez, a algunos la casa de mi abuela les inspire fastidio (como sé que pasa con mi mamá y mi hermana), toda llena de adornos viejos y disparejos, uno encima del otro, capas y capas de historias que decaen pero permanecen. A mí me da alegría, como pocas cosas logran hacerlo. Aunque lo confieso, soy una gallina y mi perpetuo asombro también es un poco de miedo.

            Son dos pisos y todas las puertas se cierran con candados de hierro rugoso y opaco. Hasta los baños. Muebles curvos y delgados de madera negra y brillante. Las paredes blancas pero manchadas de humedad, interrumpidas por puntillas solitarias que nadie sabe que colgaron alguna vez. Solo ella sabe.

            Pero las paredes no están vacías. Ocasionalmente las adornan los cuadros de los nietos: acuarelas, colores, pasteles, marcadores. Logotipos ampliados -- material impreso de SPM Marketing, Inc. aquella compañía de mi papá. Todos los primeros intentos. Todo lo que por decencia no olvida. Es tan tierno que me da miedo.

Lámparas de esas como candelabros, alguna vez dorados y de cristal, y hoy parecen de cobre renegrido y vidrio ahumado. Tal vez mi abuela lo que es es terca: se apega a los objetos y a las estructuras como están, no quiere aceptar que todo envejece, y eso la incluye a ella. Tal vez a mi mamá, como a mí, solo le produce terror el metal renegrido porque le sabe a olvido: tampoco quiere envejecer. Por eso limpia lo que parecería inconsecuente, digamos, la base de una lámpara que nadie nunca notará, tal vez por eso mi hermana cambia chapas porque están viejas sin que nadie le diga. No quieren que el mugre y el polvo de la vejez se las coma vivas. Para mi abuela, es muy tarde, siempre fue muy tarde. Siempre guarda, siempre espera. Pero solo así ella es feliz.

Una caja de jabones con tres cajones, encima del eterno tocador, jabones que hace mucho rato cumplieron su misión, limpiaron todo el mugre que tuvieron que limpiar. Los cajones de esa caja hoy contienen pedazos de velas derretidas y polvorientas. Para el día de mañana, cuando haga falta, fundirlas todas y hacer velas nuevas. (Mañana, Abuela, mañana?). Cajas de fósforos, pero no con fósforos, sino con un borrador mordido, tres clips y una moneda de 500 pesos irreconocible.

Quisiera enumerar todas y cada una de las cosas que encuentro en esta casa que son ella, pero eso nos haría igual de maniáticas y no estoy de humor para competir.